Corrían los años finales de la década de los setentas en el D.F. mi padre secretario general y delegado de la sección 100 del STERM en Monterrey nos llevó a mi hermano mayor y a mi a la casona de Zacatecas 94 en la Colonia Roma (en verdad habíamos ya ido otras veces); ahí en la planta baja se imprimía y repartía la revista “Solidaridad” y en la planta alta se encontraban las oficinas de Rafael Galván. Cuando pasé con mi padre a su oficina recuerdo que Galván volteo a verme de reojo cuando mi padre le dijo: “¿Cómo ves Rafael éste dice que quiere estudiar para agrónomo? Detrás de su gran escritorio y tras sus lentes que escondían una sonrisa disfrazada y un ojo medio cerrado decía, “nada más que sea para ayudar al pueblo que seguramente terminará muriendo de hambre con estos gobiernos”
Cuanta razón tenía, la insuficiencia alimentaria y el hambre se instalaron en las mesas del pueblo.
Ese es el Rafael Galván de mi memoria, líder de los electricistas. Yo no tenía la capacidad de apreciar las cualidades de su liderazgo, pero para mi padre Rafael era algo un poco menos que un Dios. Me hablaba de las largas reuniones que tenía con los representantes de los estados, de los logros, de las expectativas, de los encierros con el presidente de la república en turno para pelear por los derechos de sus “electricistas”, de sus desencuentros con Fidel Velásquez y los charros, esas palabras provenientes de mi padre marcaron mi infancia y parte de mi adolescencia.
Para mi, algunos años después y vinculado ya a las luchas en el sindicalismo de izquierda era sumamente difícil equilibrar o al menos sosegar mis ideas respecto a Rafael y su relación con el poder y el PRI, había sido Senador de la república por esas siglas y durante algunos años se mantuvo vinculado a ese partido. Ahora creo, sin temor a equivocarme que Rafael Galván representaba el “ala progresista del PRI” mucho antes que JLP declarará que había sido el último presidente de la revolución.
¿Por qué escribo esto? Creo que lo motivó la fotografía de José Woldenberg en “El Universal” donde se anuncia su libro “El desencanto” que se dice versa sobre un maestro de izquierda desilusionado. Por cierto mientras escribo este casi asociar libre de ideas y recuerdos me viene otro, anexo y muy cercano al narrado al inicio acerca de Rafael Galván, y es uno que tiene que ver con las siglas del SUTIN; integrante efímero (en mi memoria) del SUTERM y de las diferencias de Galván con gente como el mismo Woldenberg, Arturo Waley o Antonio Gershenson. Entre esos recuerdos me resalta esas diferencias y desconfianzas expresadas por Galván acerca de ellos; la muerte de un miembro de ese grupo acuchillado o baleado cerca de la sede del SUTERM y sobretodo recuerdo vivamente la “represión” y la presencia constante de agentes encubiertos de la SG alrededor de los rumbos de “Zacatecas”.
Años después por los noventas en una comida en lo que antes era la oficina de Galván, charlaba con una vieja gloria de la izquierda mexicana: el trotskista Luciano Galicia, gente muy cercana a Galván, que me narraba múltiples anécdotas; lejos había quedado la agronomía, en su lugar se había instalado el psicoanálisis pero en la familia mi hermano menor había seguido la huella de mi padre y había alcanzado la secretaria general del sindicato al que alguna vez aquel dirigió.
Al correr de los años podríamos casi concluir que el charrismo sindical triunfó, ojala sea sólo temporalmente y nombres como Pérez Ríos, Rodríguez Alcaine y su descendencia ocupan de forma vitalicia esos lugares representativos del SUTERM; el daño está hecho, el lugar del sindicalismo democrático es ocupado ahora por neo charros como Hernández Juárez y otros caídos recientemente en desgracia, que pena y que difícil pronunciarse al respecto sin sentir que se traiconan los recuerdos.
Sin duda la presencia de viejos expriístas en los movimientos sociales es de mucho tiempo antes al movimiento amlista, es cuestión de hacer memoria.
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